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Fantasias

Día 238: Lugares

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Me encontré atrapado en una vida clandestina, afirmado de un balcón, colgando la vista de una puesta de sol. Abrigué el cuello del frío costero y contemplé el silencio y la parsimonia. Qué lugar más hermoso, Dios Mío. A veces me dan ganas de que escenas así supieran lo que significan. Tener conciencia de que desde algún recóndito lugar, utilizado para dar vida a vidas ocultas, hay alguien afirmado de la baranda de un balcón,  observando atónito y sin pestañear lo maravilloso del dibujo. Colores vivos de movimientos y otros toscos de misterios. Deberían saber que de alguna manera u otra construyen enlaces consigo mismos con personas que al sentirse tocados por esa chispa piensan que son un lugar que tienen algo de especial. Y poder agradecerles y que escuchen el agradecimiento y que aquel gesto los haga inmensamente felices y también que les de fuerzas para seguir dando sentido al camino de cientos de personas que tengan la fortuna o la casua...
Historia Distorcionada

Día 237: Billetes Rotos

Me acordé que te debía dos mil pesos. Entraste al baño y de golpe me abordó el recuerdo. Instintivamente saqué mi billetera del bolsillo y abrí su compartimiento. De adentro saqué un billete de color morado. Eran dos mil pesos. De pronto tuve el impulso de pagartelos y salir corriendo. De sanjar cuentas. Entonces recuerdo también el momento en que recibí aquel billete. La cajera medio nerviosa, medio apurada, sólo los dejó sobre mi mano, esperando el reclamo. Pero yo no dije nada. Miré los dos mil pesos y noté la llamativa falla, la misma que notaba ahora. El billete estaba partido en dos. Quizás llevas cinco minutos en el baño. Los dos mil pesos aún están en mi mano. Y en aquellos extraños segundos, decido que aún no te los pagaré. El scotch que envuelve la tragica falla es tan penoso como una mentira mal contada, como una verdad omitida. Recuerdo que a veces nos tuvimos que pagar con varios billetas de dos mil pesos parchados por estar rotos, rotos de un corte viceral. Era lo úni...
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Día 236: Los Diarios de Eliseo

Gracias a ti que diste algunos minutos de tu tiempo para leer esta historia que, cómo dije hace algunos capítulos, cumplió en su final más de un año. Es  extraño dejar a Eliseo y Sara. De alguna forma u otra representaron eventos en mi vida que la cambiaron para siempre. A veces sucede, eventos catastróficos te cambian la vida. Depende de nosotros hacernos mejores o peores personas. Como dato, esta historia se compuso de 59 capítulos. Larguísima.  Sin embargo, aquí estoy terminando uno de mis proyectos más largos y orgulloso le pongo fin. Espero disfrute. Día 67, Parte Final "La vacuna, derivada de la misma que detiene el avance de la meningitis, ya que el virus es una mutación de ésta, sólo elimina el proceso de floración en el cerebro y lo drena por completo" explicaba Ana a los presentes "El deterioro que sufre el cuerpo por la debilitación de los sistemas y la piel debe ser controlado con un tratamiento paralelo. Sara estaba...
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Día 235: El Ultimo Grito

Día 67, Parte 5 Pido disculpas por no tener las palabras para explicar lo que me sucedió. Debe ser lo más cercano a ser atropellado por un camión. Debe ser parecido a impactarse contra el suelo después de lanzarse del piso quince.  "Su pulso es bajo y respira con ayuda de una maquina, Eliseo" dijo de pronto Ana "Si bien el virus abandonó por completo su cuerpo, su cerebro no volvió a funcionar" De fondo se escuchó un enfrentamiento a tiros. "Ya llegaron" dijo uno de los doctores. "¿Sigue viva?" le pregunté observando su angelical rostro. Estaba durmiendo. Estoy seguro. Tan sólo dormía y no se había despertado. Estaba en mi pecho, con la boca medio abierta, durmiendo. Descansando. Las cortinas aleteaban sobre el viento y el sol daba sobre su rostro. Faltaba poco para el año nuevo. Estaba cansada. Habían sido días de arduo trabajo. De largos regresos a casa. Yo le cuidaba el dormir. Yo cuidaba sus sueños. Despertaría y me miraría. Sonr...
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Día 234: Sara B2

Día 67, Parte 4 Al bajarme no apago el motor de la motocicleta, la que sigue andando y fue a parar donde no sé dónde. El frontis del majestuoso edificio universitario está intacto y oscuro. Pareciera que no hay resistencia o defensa. ¿Dónde están los doctores? Parapetados no sirven de nada. Le doy un tiro a una de las cadenas que bloquean la apertura de las puertas. Se escucha el disparo. La cadena cortándose e ingreso al frontis de la universidad. En eso, desde la nada, aparece un hombre vestido de cotona y me apunta con un revolver listo para derribarme. Al reconocerme, se arrepiente y baja el arma. "Eliseo" balbucea. Es uno de los médicos participantes de la investigación. "Ana... ¿Dónde está Ana?" le pregunto. "Arriba, en el laboratorio" me dice otro de los médicos, cubierto detrás de un pilar. Ambos estaban esperando dar una sorpresa. Que inteligentes.  "Ya vienen los milicos" les grito y emprendo la carrera. La oscuridad no m...
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Día 233: Carretera al Norte

Día 67, Parte 3 Seis minutos después, acelerando a todo lo que daba la motocicleta, me encontré manejando por la autopista que conectaba a Coquimbo con La Serena. Qué hubiese dado porque la maldita motocicleta fuera más rápido. Qué hubiese dado por poder teletransportarme para llegar primero que el escuadrón que iba a la caza de Ana María, Sara y el resto de médicos partidarios de la investigación. El tacometro marca ciento veinte kilómetros por hora, pero pareciera que voy caminando en una mala pesadilla, esas en donde algo te impide mover las piernas con libertad. Coquimbo quedó atrás. Al frente solo una maldita carretera oscura y luces de vehículos que van desapareciendo de la vista. La Serena queda a unos quince minutos, pero algo detrás me dice que está a cinco horas y que los militares ya están llegando. "Espérame, Sara" Es cuando un par de vehículos llama mi atención. De golpe todas las malas sensaciones se espantan y me pongo alerta. Disminuyo la velocidad hast...
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Día 232: El Golpe

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Día 67, Parte 2 Corrí riendo por las calles de la Segunda Nueva Capital. Corrí no importando la presencia de los milicos en las calles. Corrí porque después de sesenta y siete días posiblemente había una opción, un camino... una cura. Sin en veinte minutos llegaba a la casa en donde nos escondíamos con John, Silva y Enrique, el mismo trazo lo cubrí en diez minutos. La noche ya había cubierto casi por completo los cielos nortinos. Iba corriendo, ya un poco agitado, doblando en la esquina del pasaje en donde estábamos alojando, mirando la casa, cuando una explosión violenta me hizo frenarme en seco. Tres o cuatro segundos, dos bombazos y mucho fuego fueron suficientes para que la casa en donde nos refugiábamos estallara en mil pedazos. Mis compañeros sagradamente llegaban antes de las ocho de la noche a la morada. Ya faltaba poco para las diez. Quedé estático, inmóvil  inútil  no sabiendo qué hacer. Una parte de mi quería correr y s...