Mostrando entradas con la etiqueta Joselyn. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Joselyn. Mostrar todas las entradas

martes, 24 de abril de 2012

Día 161: Valiente

Soraya me miró como si fuera el último eslabón en la cadena alimenticia. Pero me miró.
“Buenos días” me dijo y torció rauda su camino hacia el sur.
Sólo la vi alejarse.

Mi celular vibró con ímpetu en mi bolsillo
“Compa. Estoy en recepción ¿Qué pasó?”
“Karev, necesito que vengas AHORA a personal” me dijo Joselyn grave desde el otro lado.
“ok”
Colgué y seguí revisando el problema que me tenía en bodegas. El celular volvió a sonar.
Extrañado contesté.
“De verdad, te necesito acá”
Su voz fue más grave aún. Algo malo pasaba.
Corrí por los pasillos hasta la escalera y en dos saltos llegué al segundo piso. Adentro, en la oficina, todas las del grupo me esperaban en un silencio total. Soraya, sentada en su asiento, me miró fingiendo una sonrisa con sus ojos ahogados en lágrimas.
Lo primero que pensé fue en su hija. El día anterior me la pillé en unos de los teléfonos de las oficinas, organizándose para salir. Su pequeña nena había caído en un cuadro de fiebre otra vez.
“Me voy” me dijo y se despidió con un beso cerrado.
Quizás era su hija la que estaba mal y ella tenía algo grave que comunicarnos.
“Bueno, los llamé a todos para decirles que he renunciado”
En milésimas de segundos todas cruzaron miradas. Yo no pude moverme. Sólo me quedé observándole en el momento que se quebró en un llanto reprimido. Luego miré a Joselyn, la cual impactada la contemplaba.
Elena fue la primera en acercarse y con un abrazo le dio fuerzas por el delicado momento que estaba pasando. Luego, un poco más tranquila, nos explicó que su hija había sido atacada por un resfriado nuevamente y que no pasarían más de dos semanas para que volviera a caer. Su inmaduro sistema inmunológico aún no se afirmaba del todo. Y las causas y las consecuencias de no tener con quién dejarla, la llevó a presentar su renuncia.
Y volvió a quebrarse.
Ahora fui yo el que se acercó. La abracé con fuerzas y ella pareció no querer soltarse.
“¿Por qué así?” le pregunté cobijándome en su hombro.
“Porque tiene que ser así” me dijo con la voz en un hilo.

Al principio Soraya fue para mí una mina amargada, gruñona, explosiva y repulsiva. Y se lo dije ayer en su despedida, cuando con un nudo en la garganta me tocó hablar. Sin embargo, poco a poco fui conociendo a la verdadera mujer que había dentro de ella. Por sobre todo, una valiente con un alma llena de coraje, que no le importó el tiempo que llevaba en la empresa y saltó al vacío por su hija. Amor de madre tan grande que aún no puedo entender, pero que valoro mucho.
“Ahora, en este momento de oscuridad y pena, todo será muy difícil” le decía cuando nos encontramos en las ventanas “Pero más adelante se te pagará con creces este sacrificio. Y será así porque lo hiciste por tu hija, que es lo que más te tiene que importar hoy”
Por llorona, sus ojos se cristalizaban al instante. Me miró y me regaló aquella sonrisa que tanto la caracteriza. Entonces pensé en decirle que no se merecía todo lo que le había sucedido, pero para el día presente estaba demás. Sólo había que nutrirla de fuerzas para que pudiera partir enfocada en su objetivo principal: su retoña.

jueves, 15 de marzo de 2012

Día 147: Lo Peor de Nosotros

El otro día le grité a un hombre. El tipo tiene la misma edad de mi viejo. Pasó que técnicos de redes a cargo mío guardaron unos materiales y cajas en su bodega... bueno, da lo mismo lo que pasó. El punto es que de pronto me lo pillo, lo detengo y alzando los brazos le digo con ironía.
"¿Jefe, cual es la idea? ¿Por qué me desautorizó de esa forma frente a los técnicos?"
Don Claudio me respondió admirado por mi efervescente ira, pero no le quise dar espacio para explicación alguna. Alcé más la voz, sintiendo como todos se detenían a ver como el jefe más joven del local le discutía con energía al encargado de mantención.
Cuando noté que se me salieron algunos "güeones" y que él ya no hablaba, si no que atónito me miraba, me detuve. Él no dijo nada. En realidad sólo pudo modular "Bueno"... Debo haber sido claro.
¿Le grité a un hombre?... Si! Lo hice... Pero ¿Por qué?...
No me sentía mal. En lo absoluto. Es más, me sentía bien... Muy bien. Y no estaba envuelto por el hecho de que aquel día era el último de la huelga de trabajadores que duró once días, porque a esas horas aún no sabíamos que habían firmado acuerdo. No. Era porque me había deshecho de once días de estrés, clientes gritándome, jefes ausentes, decisiones mal tomadas, dobles turnos, dolores de rodilla y de clientes insultándome. 
De pronto, sin predeterminarlo, nos expusimos a un alto shock de situaciones que nos llevaron a los limites de tolerancia de nuestra mente y cuerpo. Yo mismo admito que, sin intención de hacerlo, probé hasta donde podía llegar estando frente a una situación así. El resultado casi fue caótico.

Cuando le conté a Hector, sólo podíamos mirar hacia atrás y notar que si seguíamos todos así, en cualquier momento alguien iba a salir herido. Había sido el día anterior cuando un hecho de tal magnitud se había presentando en las dependencias del local. La jefa de electro y Monica se habían enfrascado en una discusión frente a un cliente en la entrada del supermercado. Hace días que la niña mimada del local había estado echándole leña al fuego, pidiendo a Monica y sus supervisoras que hicieran pega extra, frente a todo lo que se tenía que atender debido a la ausencia excesiva de cajeras. La disputa la llevaron frente a don Alex, y envueltas en un nuevo intercambio de palabras, la jefa de electro sacudió con un golpe en la cabeza a la jefa de cajas... ¡Un golpe!.
En los tres años que llevo trabajando en el local, nunca siquiera había escuchado hablar de un intento de agresión entre dos trabajadores. 
Entonces diez días ya era demasiado. Esa misma tarde se supo de la delicada situación vivida por dos cajeras, las únicas que atendían el lineal de cajas, las cuales detuvieron sus funciones en un acto de señal que ya no podían más. Joselyn estuvo al frente del momento, critico ya que un cliente casi le abofeteó la cara, describiendo que cosas así en los días que venían serían difíciles de soportar.
Y así un montón de situaciones más, desparramadas durante los once interminables días de huelga.

¿Hay limites? A medidas que vamos creciendo y experimentando cosas, creo que se vuelven más difusos y distantes
¿Podremos parar?... Quizás un poco de adrenalina y de momento extremos nos hace bien de vez en cuando.

Al otro día, sábado, caminaba frente a un lineal de cajas ya con funciones restablecidas. La empresa y el sindicato habían llegado a un poco auspicioso acuerdo. Fue cuando de pronto observé que en dirección contraria venía caminando don Claudio. Como si el día anterior no hubiese ocurrido nada, arqueó las cejas y me despidió un amistoso "Buenos días"
"Hola" le respondí sonriendo.

Ojala en mucho tiempo más no tenga que volver a ver lo peor de nosotros.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Día 92: Una Premonición en las Fiestas

Miré la cotona, recordando la reunión en donde Don Alex había dicho que usar la cotona era importante y fundamental para que el cliente sintiera que personas con jerarquía los podían ayudar y orientar. Obviamente lo dijo porque ese día yo no había llevado la mía y su mirada de hombre ofuscado me hizo saber que para él llevar puestar la cotona era importante. Pero no sé si era necesario decirlo en la reunión. Con su mirada nada más había entendido.
El punto era que no me quería poner la jodida cotona, porque era 15 de Septiembre y era seguro que, además de poner la cara en el lineal por las cajas que funcionaron como las reverendas, iba a tener que direccionar a los clientes que no sabían donde estaba el queso rallado o los jugos en polvo. Entonces mi mente maliciosa, que nunca falla, me dijo "Di que hoy tendrás que hacer mucho trabajo moviendo cables en cajas o qué sé yo, y que por lo mismo ensuciarás la cotona y los clientes no van a querer verte todo sucio por ahí indicando donde están los jugos en polvo"
"Perfecto"
Me puse la chaleca. La cotona me miraba con pena. Me colgé la credencial. La cotona dijo que no mintiera, que era malo.
"Callate. Tú no deberias hablar"
Tomé el móvil con la pantalla trizada y bajé a la sala, dirección a Controlaría.
Debo haber estado tres minutos conversando con Joselyn, cuando el teléfono sonó. Era Yessenia.
"Karev, las cajas tienen problemas con los teclados. Se quedan pegadas"
Corrí, asustado pensando en la gente que furiosa tenía que estarse amontonando en las pobres cajas, pidiendo la cabeza del tipo a cargo porque las mierdas de equipos no funcionaban. En eso veo a un tipo alto, de peinado cuidado y mirada tranquila, metido con tornillos y un notebook debajo de mis niñas. ¡¿Quién se creyó que es para venir a tocarme Mis cajas?!
"¿Qué les pasa, Yessenia?" le pregunté sin dejar de mirar al intruso.
"Al pasar cualquier tarjeta, no las lee y más encima se quedan pegadas"
"Okey... ¿Quién es él?"
"No sé. Llegó con el Gomez y ha estado toda la mañana en las cajas"
Me acerqué sigiloso, cuidando de que no me sintiera para lograr ver qué era lo que hacía con tanta parsimonia. El tipo, vestido con una polera portadora de una insignia que rezaba "ADT", manipulaba unas cajas que habían sido fantasmalmente instaladas hace una semana, junto a pequeños cuadros de plásticos adosados a los lectores de códigos.
"Hola" me dijo girándose y observando mi credencial "Tú eres el encargado de informática"
"Si, yo le quería pregun--"
"Estoy activando el anulador de alarmas. Quizás los teclados de las cajas se te queden pegados y tendrás que cambiarlos de lugar" declaró.
Le tuve que fingir la sonrisa, mientras miraba las 25 cajas a las cuales les tenía que cambiar de lado el teclado. Tal cambio significaba tener que sacar el cable del dispositivo y pasarlo por debajo de la caja. O sea, tener que trabajar en la montonera de cables que había que desatar para poder sacar el bendito cable, y esa misma acción 25 veces.
"No voy a tener que mentirle a don Alex" pensé.

martes, 19 de julio de 2011

Día 79: Fracasar

Lo único que podía hacer era recordar la primera vez que había perdido 18 mil pesos como cajero. Fue el sábado y domingo de Semana Santa del 2009. No quería volver. Quería escapar o por lo menos saber en qué me había equivocado. Te frustras y te sientes el peor en lo que haces. Logras percibir la puesta en tela de duda de si eres capaz o no de estar en donde estás.

"¿Cuanto falta?" escuché que preguntaba alguien en voz baja, como preguntado cómo había muerto el finado.
"Cuarenta millones"
Nunca podré olvidar el rostro de angustia y fracaso de todos los presentes, sumado a la demacración del sueño a las 7 de la madrugada. Faltaba mucho dinero. Todo lo realizado en seis meses no había servido de nada. El inventario del supermercado estaba terminando a esas horas y al mismo tiempo nos estabamos convirtiendo en el peor local de la cadena.

El sábado perdí ocho lucas. Monica me alentó a volver el domingo con nuevas energías y teniendo en mente ser más precavido.
"Mira, Omar, a todos les pasa. Todos los cajeros en algún momento pierden plata. Así que no te achaques. Mañana sólo preocupate de contar bien el dinero al momento de recibirlo o entregar un vuelto. Cuando cuadres en la noche, vuelves para contarme como te fue" me decía.
Llegué a tesoreria en la noche el domingo de Resurreción y la jefa del departamento me dice.
"Le faltan diez mil pesos, joven"

Alan, en compañia de "alguien" como nos dijo ese día, dormitaba en su cama. A momentos abría los ojos, sintiendo el cuerpo cortado por el trasnoche, y se preguntaba cuanto faltaba para que terminara el inventario o cómo había salido, siendo que el inventario había terminado hace unas veinte horas. Él ya estaba en su casa y una parte de su mente no podía aceptar haber fracasado.
"Tratar es el primer Paso hacia el Fracaso"
Joselyn no pudo llegar a dormir a su casa, y al igual que yo se preguntaba en que momento había perdido los "18 mil pesos". Y es que poner su firma en un informe que se va a la central y literalmente dice que se hicieron mal las cosas, es algo que sin lugar a dudas te quita el sueño y algunas cosas más. Quizás deseó haber estado en informática y que ese peso haya caído sobre otra persona y no sobre sus hombros.

No acostumbramos a fracasar. Cuando el tiempo avanza y no hay críticas, se piensa que las cosas se están haciendo bien. Al acostarme ese domingo, antes de quedarme dormido, mi cerebro sólo pudo despedir este último pensamiento:
"Volveré el próximo jueves y juro por mi vida que nunca más cuadraré mal y seré el mejor cajero"

Nunca más perdí plata y a los seis meses ya era asistente de informática.

Perseverancia.

martes, 3 de mayo de 2011

Día 50: Taquicardia

Parte Dos

Un tímido beso. Sus ojos tienen ese cautivante brillo, que llegaba a hacer que se perdiera en laberintos penumbrosos. Delgada, pero tangible. Jack sonreía burlesco al lado de él. Salieron sin decir nada. Era el juego previo: no pescarse, para después pescarse. El centro de la ciudad era movido a esas horas de la noche; los vehículos se desplazaban a alta velocidad, llenos de diversión y conversaciones, dirección Bellavista. Los trabajadores arropados por el frío de madrugada, se agolpaban dándose calor entre todos bajo el paradero, esperando la troncal que los llevará en una hora de viaje de regreso al tan anhelado hogar, imaginando la escena de sus hijos durmiendo bien tapados. Los edificios iluminados por sección y ventanas con cortinas sucias forman el camino hacia la carretera. 
Esa noche se fueron caminando.

Karev cerró nervioso la ventana de conversación en Facebook.
"¿Qué onda?" le preguntó Guzt.
"Ella pololea. En enero se casarán. No puedo seguir con esto"
Guzt quedó boquiabierto, no entendiendo la estúpida e ingenua actitud de él. A su parecer, lo que sucedía no era algún tipo de pecado capital. Era sólo diversión. Un rato de goce.
"Estás siendo demasiado extremista" le dijo, abriendo nuevamente la ventana "Déjame esto a mí"
"Como quieras" contestó Karev y salió del cuarto.

Jugaron al alcohólico y destructivo juego llamado "La Cultura Chupistica". En realidad así partieron. Jack no se caracteriza por ocupar lo que sabe en situaciones de presión, así que perdió en reiteradas ocasiones. Los compañeros de David, de variadas edades y situaciones sociales, hicieron el peso en el juego. Guzt no se guardó ningún arma y sacó a relucir todo lo que sabía en cultura. Ella perdía de adrede, quizás. En el departamento, cercano a estación Santa Ana, había de la fermentación que se pidiera. Pero lo que más se bebía era whisky y tequila. Una poderosa y nociva combinación.
En eso, viene el momento en que de repente algunos se paran al baño, se forman grupos de conversación, de un lado hay risas, en el otro hay seriedad y otros desaparecen. Un güeón te habla como si se conocieran de toda la vida. Guzt se reía con los compañeros de David y debes en cuando conversaba con ella. En un rato más partirían a la disco. Ahí iban a bailar, a rozarse y besarse ebrios como siempre ocurría, olvidando todo el dolor. 
Fue cuando entre rizas y críticas de cine, que Jack y ella desaparecieron de escena.

"Ayer hablé con ella" le dijo Joselyn a Karev "Parece que la cosa va en serio"
"No creo" respondió Karev ecéptico "El otro día le tiré un palo pa' ver si picaba, y me respondió negativamente"
"Estás mal, Karev. Ayer hablamos y me dijo que no sabía como responder a las cosas que le decías. Acuérdate que nunca a gorreao al marido. Tú sabí que a todos les cuesta la primera vez po'"
Hubieron rizas espontaneas por la talla.
"Entonces la trataré con delicadeza" dijo Guzt, apoderándose del teléfono.

Gutz prometió perder interés en la desaparición de ambos. Eran grandes y podían hacer lo que quisieran. En eso apareció Jack con un rostro de preocupación.
"Guzt, acompáñame. Ella no está bien de salud"...

viernes, 29 de abril de 2011

Día 48: Algún tipo de Milagro

Hay cosas en la vida que no se pueden explicar. A veces, esas cosas se prefieren silenciar.

Hoy es de esos días en que la gente ya no tiene plata. A causa de eso, todo lo que es retail no tiene mucho movimiento en lo que respecta a atención de público. Así que, gracias a que hoy no hubo nada de gente en Tottus, tuve tiempo para pasearme por todos los departamentos del supermercado. Había poco movimiento. Los administradores no estaban. Yo ya había terminado mi pega. Entonces empecé a recorrer el local. Debo ser sincero al decir que su estructura no tiene el misterio de una iglesia italiana o las lujosas paredes de un castillo escoces. Es un cubo, con más cubos adentro. No hay nada de arquitecturas de renombre o hermosas terminaciones. Es un lugar frío, de pinturas grises y blancas, con vigas metálicas que resplandecen el rostro de fantasmas. Es penumbroso. Y hoy estaba silencioso. Retumbante de ecos lejanos, provenientes de quizás donde. No enciendo la luz de la oficina, para que se bañe del sol de ocaso. No hay nadie para conversar. Entonces bajo y cruzo la sala de ventas hasta la trastienda del super. Allá está la oficina de Joselyn, mi ex jefa. En realidad siempre será mi jefa, nunca la podré ver como mi par. Su escritorio está dentro de un cuarto de cuatro por cuatro, compartiendo el espacio con el computador de Alan, un nuevo miembro del círculo de amistades. 
Hoy estaba sola, y con poca pega. Hoy hablamos como no lo hacíamos hace mucho tiempo. Esas conversaciones de invierno. Largas y tajantes.

Es raro de explicar. Es difícil también. Son cosas que te guardas para ti. Pero ha pasado el tiempo y la quiero compartir. Abre la mente, si estás leyendo esto, para poder entender. Era la época en que el corazón me dolía de verdad por amor. Estaba decidido a pedirle el traslado a Joselyn a nuestro homologo en la estación de metro Las Mercedes, porque necesitaba con urgencias olvidar y arrancar. Me había dicho hace una semana que lo pensara y que si quería el traslado, ella me lo daba. Esa noche pedí de rodillas un camino. Pedí la luz. Le pedí a lo que fuera que me escuchase que me salvara de caer a ese vacio. Había apagado el computador y la noche estaba en un total silencio. Y yo de rodillas. 
Cuando me levanté, me juré nunca más verme así.

Al otro día, salí del instituto y me dispuse volver a casa. Desde Providencia hasta Puente Alto... en micro. Pensaba que ganaba tiempo perdiendo la mente en ruidos, imagines, personas y lugares que no conocía. Gastaba dos horas de viaje de regreso a Puente, sólo para no tener a mi cerebro pensando en ella. Tomaba la troncal en Los Leones y ahí iniciaba el viaje. Dirigía su trayecto por todo Macul, y cuando por fin, después de una hora, llegaba a Vespucio Sur, se iba por La Florida hasta el mall Plaza Tobalaba. Ahí me baja y esperaba una alimentadora hasta la casa. Dos horas. Dos largas y extenuantes horas. Era mi remedio para el olvido.
Sin embargo, ese día, y aunque nunca supe explicarlo, había algo extraño en el ambiente. Estoy completamente seguro que algo en el espacio me incomodaba. Algo oscuro estaba queriendo cambiar algo. Y me siguió por todo Macul, mostrandose en el rostro de cada pasajero que subía y bajaba del troncal. Quizás era el montón de transeúntes lo que me molestaba. Así que tomé la decisión de bajarme en Vespucio. No quería ir más arriba de esa micro. Ahí tomaría el metro dirección estación Plaza Puente Alto.
Recuerdo que el vagón iba casi vacío y eso me permitió respirar. Pude encontrar tranquilidad. Me senté en el piso y me puse a escuchar música. Fue en estación Las Mercedes cuando mi celular comenzó a vibrar con ímpetu. Era Joselyn. Bien, bien no me acuerdo qué era lo que quería. Algo de la pega, obviamente.
"Estoy cerca. Pasaré a verte" le dije, viendo el momento una oportunidad para decirle que sí o sí quería el traslado.

"Sufriste harto" recordó, mientras revisaba unas facturas.
"Harto. Inclusive estuve a punto de irme ¿Te acordai?" le pregunté.
"Si po'. Querías el traslado"

Y se lo pedí. Pero ella no me dejó. Me dio un consejo de Aquellos, el cual sólo recuerdo que contenía enseñanzas acerca de la madurez y el crecimiento, y la frase infaltable "No merece lo que estás pasando".
Hablamos quizás dos horas, como hoy, dejandome con energías renovadas. Fue algo que nunca le dejaré de agradecer, porque me sirvió para tomar la decisión de seguir... seguir y no mirar atrás.

¿Dónde está el milagro? Si hubiese seguido en la micro, habría llegado a mi casa antes de que ella me llamara y nunca habría llegado a tener la conversación. Quizás el tiempo le habría dado más fuerzas a una decisión segura con respecto al traslado. Si hubiese tomado el metro desde Providencia hasta Puente, habría ocurrido lo mismo; habría llegado primero a casa. Pero esa tarde, fuese un milagro o sólo una coincidencia, tomé una ruta que Jamás en mi vida había tomado. Si nunca me hubiese bajado de esa micro a tomar el metro, no habría conversado con Joselyn, y me habría ido, y quizás me habría perdido más en ese infierno terrenal.

jueves, 21 de abril de 2011

Día 44: De repente

Fue de repente. Había vuelto de Los Vilos. Aún olía a mar en mis narices. Joselyn me llamó y me hizo bajar.
"¿Por qué estás en Contraloría?" le pregunté.
"Mauricio renunció" me dijo. La noticia me calló en frío "Si todo sale bien, yo quedaré a cargo de Contraloría, y tú de Informática.

De repente Jack me dijo "Voy a entrar la escuela de Carabineros"
Un viaje a Viña del Mar, donde su tío, lo dejó con la idea enganchada. Hace semanas que andaba en la búsqueda de nuevos horizontes. El hermano de su padre, oficial en la SIP, le conversó los beneficios y lo fácil que podría ser ingresar a la corporación. Me quedé impresionado a escucharle tan decidido, dispuesto a dejarlo todo, aunque le doliera el alma dejar todo acá.

Abrió los brazos y me abrazó. Era ese dulce olor y su suave cara otra vez. Sentí que era una parte del ciclo. Al parecer necesitamos discutir para que el reencuentro al tiempo sea más exquisito. Isabella se veía hermosa como siempre.

No quise hablar en los últimos capítulos del ascenso. En el blog pasado lo hice y todo quedó en Nada. Ahora  no lo hice, y ahora escribo esto como encargado de informática. El proceso demoró un mes, entre la aceptación por parte del gerente zonal, la entrevista psicológica en la central y el anuncio de las rentas, esto último sucedido del martes pasado. Así que de repente la capitán se fue a un buque y yo me quedé con el barco, aceptando a mi corta edad un reto demasiado grande. 
Pero que más da, ya estoy sentado en el puesto y nadie será capaz de hacerme salir de ahí. Es por mí y para mí. Más allá del cargo y la plata, es un momento que me tiene demasiado contento.

De repente no quiero ser exagerado, pero todo va demasiado bien.

lunes, 3 de enero de 2011

Día 2: Demian

Demian se sentó en la cama y respiró hondo. La noche estaba tan tranquila como la copa de un árbol sureño. Le pregunté qué hacía en la pieza. Comenzó a hablar de las festividades, de lo maravilloso que era que todos los seres queridos se reunieran en los días finales del año y de lo bien que se sentía experimentar esa sana nostalgia. Pero que más allá de vivir momentos de regocijo y celebración, el mundo no se detenía en el momento que daba una vuelta más al sol.
"El tiempo sigue transcurriendo, aunque sintamos que por algunos segundos se detuvo" dijo "Y las cosas malas siguen ocurriendo..."
Y me hizo ver el living de mi casa y en él un ataúd, mientras que en las otras moradas se podía escuchar el lejano instante en que el reloj subía sus brazos y marcaba las doce del día 31. Podía oír llantos ocultos en los rincones, pero no podía ver a las personas quebrandose en lágrimas por el ser que partía.

Fue un 67%. No un 70%. Necesitaba un 70%, pero no lo logré. Fue ese el porcentaje de mi examén en el ramo final del técnico en Telecomunicaciones. La cosa fue es que el profesor nos citó para el viernes siguiente al día de la gran prueba para ver todo lo respectivo a notas y para saber si pasabas o no. Pensé que aquella tarde ibamos a ser tres o cuatros en la reunión, pero llegó todo el curso. Era un grupo de no más de 30 personas las que querían saber si habían terminado el CCNA4. ¡30 personas!... Así que Agüero nos hizo pasar a la misma sala en donde rendimos el examén y comenzó a rellenar la tabla de notas.

Cuando supimos que habíamos pasado, y más que pasado, habíamos egresado, con Sebastían sólo pudimos ir a comprar un six pack de cervezas y nos fuimos a echar al pasto de la Costanera. Ahí sentados, disfrutando de la vista del Cristobal siendo serpenteado por la extensa autopista, tan sólo podiamos respirar, porque eso era lo que no habíamos hecho durante todo el semestre: Respirar.
"Lo hicimos" dijo.
"Al fin" agregué yo "Y es difícil creerlo. Asimilarlo"
"Pero ocurrió"
Sorbimos de nuestras cervezas, triunfantes, y preferimos no decir mucho.

El supermercado estaba lleno hasta los canastos. La gente desesperada por conseguir un pedazo de algo para tirar a la parilla, se agolpaba sudorosa e irritante en las filas para pasar a pagar a las cajas, reafirmando a cada segundo una ley que no necesita más investigaciones: el chileno siempre deja todo para última hora. Y yo estaba vigilando el lineal, atento al estupido sistema que en la mañana se le había ocurrido dejar de funcionar antes de la apertura, celoso de que alguna caja fuera a fallar, meneando como atrapado por una obseción las llaves de los terminales POS. Joselyn sonriente, como casi nunca ocurre para estas fechas, supervisaba junto a mí cualquier problema que fuera a ocurrir. Al parecer se había jactado del estrés pre-fecha fuerte y se había autoimpuesto la actitud de no-enojarse, lo que me dejó retirarme a las 5 de la tarde ese día, y no a las 18:30 como el día 24.
"Estás muy sonriente" le dije cuando llegó.
"Es que todos andan estresados por el día. Que los productos en sala, que la venta, que la competencia, que las cajas. Así que prefiero no dejarme envolver por las malas vibras. Hoy es año nuevo y pretendo estar feliz para despedir este 2010. Las balanzas están buenas. Las cajas igual. Mis operadores resolvieron la caída de la mañana. Tengo motivos para estar feliz" me dijo.
Le sonreí sorprendido. No tenía qué decirle.
Fue eso en que Anita, la jefa de fiambreria y Rita, la jefa de pasteleria, se acercaron. Ana lloraba. Joselyn les anticipó el paso e intercambiaron palabras. Le demanda del día, tenía metido a clientes que ven otros precios en los estantes, así que me dirigí a resolver unos problemas. Pasaron unos minutos, algunos clientes furiosos, uno que otro producto que anular y volví al lado de mi jefa.
"¿Qué le pasó a Anita?" le pregunté. Ambas jefas ya no estaban.
"Se le murió un primo" me confesó "Y el cabro trabajaba al lado"
Cuando dicén al lado se refieren al Tottus Puente Alto 1, el papí de nosotros.
"¿Estaba enfermo?" 
"No" me dijo descargando con su rostro una sentimiento de pena "Lo mataron"
No me produjo nada saberlo. Primero, porque matan gente todos los días y segundo, porque no lo conocía. Sin embargo a Joselyn se le ocurrió decir algo que me estremeció por completo.
"Imaginate tener que velar a un familiar justo hoy, cuando se acaba el año. El tiempo no se detiene. Las cosas malas siguen pasando"