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jueves, 24 de enero de 2013

Día 226: Brujas

La señora nos miró sonriente y me dijo:
"¿Ella es tu novia?"
Nos miramos y nos reímos.
"No. Somos amigos" contestamos ambos a coro.
La dueña de la óptica no cedió terreno y enérgica vaticinó:
"Pero siendo amigos se parte" 

Un año y algo después Emilia duerme entre mis brazos. Pronto nos iremos de viaje.
A veces nos acordamos de esa bruja.

viernes, 16 de noviembre de 2012

Día 212: Pedazos de Tiempo

Viejos recuerdos. Antiguos momentos. El hombre en la etapa senil es cuando más los experimenta. ¿Por qué? Será que el cerebro seco comienza a tocar lo que está en el fondo del basurero. Las primeras experiencias. Las guerras que cambiaron el mundo. El primer amor. El largo camino a la escuela por el barrial y los pajaros que van volando hacia la cordillera. Desde la persepción hasta los confines de los baules sucios de la memoria, caminos van conectandose con resistencia hasta edificar el recuerdo, sus sonidos y los aromas, las sensaciones y las voces.
Yo soy bueno en eso como terrible para recordar lo que hice hace quince minutos.

Pasó por mi lado, me deslizó una desinteresada mirada y siguió con su paso. Me giré para ver en qué asiento de la micro se sentó, recordando y sintiendo que nuestro lazo había sido de alguna manera especial. Miré hacia el frente procurando olvidar su presencia, ya que como me ha ocurrido el último tiempo, ella no me había recordado. Lo primero que se me vino a la mente fue su rostro sin igual. El terrible momento de un accidente o la tragica consecuencia de una mal formación en el periodo de su gestación le habían dejado una hendidura en su mejilla izquierda, afectando el ojo y el pomulo del mismo costado y parte de su mandibula superior. Sin embargo, tal falencia en su cara no impedían que el brillo y calidez de sus ojos despidieran el reflejo del alma de una mujer con un corazón y bondad gigantescos. Algo me hizo bajar de mi asiento.
Caminé siempre observandola, esperando tocar alguna fibra de su memoria, pero nada. Entonces me pregunté si era yo el que había cambiado mucho o tenía que esperar poco de una mujer que todos los años graduaba a más de cien hombres. La segunda opción era la más aterrizada. Me senté al frente de ella. Comenzó a incomodarse. Yo no sabía cómo hablarle. Quizás pensaba que me estaba fijando en su falla facial, admirandome de algo tan horrible. Pero no era así, estaba observando la ternura en sus ojos que no se degradaba con el tiempo y el del cómo una mujer lograba verse bella con solo destellar un aura de paz.
"Disculpe ¿Usted fue profesora del Borgoño, cierto?" le pregunté.
De inmediato me sonrió.
"Todavia" me contestó.
"Yo fui alumno suyo" le dije "En tercero y cuarto medio"
Su sonrisa se dulcificó más. Sus ojos se rebalsaron en ternura.
"No me acuerdo" declaró.
Sonreí para mis adentros. No podía pedir recordar memorias de pedazos de tiempo perdidos en los millones de segundos que separaban a la escena en donde ibamos viajando con la de ella enseñandome castellano.
"Inclusive fui ayudante suyo" le lanzé para ver si picaba el recuerdo.
"Generalmene los alumnos que son mis ayudantes son muy sobresalientes." exclamó.
Entonces tampoco recordaba que confabulé en contra suya para boicotear una de sus pruebas semestrales.

sábado, 28 de abril de 2012

Día 162: El Fin de los Tiempos

"Siempre dicen eso" me dijo Ignacio oculto en la oscuridad de su pieza "Siempre dicen que es lo último"

01 de Octubre de 2009



"Decenas de carteles con ciento de flechas, indicando miles de pasillos. La cabeza ya empezaba a dolerme al buscar con la mirada a mi padre, a mi madre, a Simón o a Ignacio, recorriendo escaleras que iban hacia todos lados, pasadizos que terminaban donde no sé donde y muchas personas con sus cabezas cubierta por el bello diseño de un paño de hilo"... Capítulo 22: El Paciente 505

Tres paltas molidas, unas cuantas laminas de jamón cortadas a la mitad, tres tazas con té hirviendo y la respiración de los tres en la mesa del diario. Cuando nos sentamos los hombres a comer, se habla poco. Menos si es la once, porque es una comida rápida en casa. Aún más lo sábados. Mi madre estaba en el cuarto de estudio. Simón jugaba afanado en la calle. Ignacio se echaba un pedazo de pan a la boca Y yo observaba a mi viejo que lo miraba atento.
"¿Tu mamá te dijo lo del lunes?" le preguntó de pronto el dueño de casa.
Don Karev le había advertido a su señora que el día sábado era el día límite para contarle a Ignacio lo que sucedería cuarenta y ocho horas después. Era sábado por la noche, y sí había algo que mi viejo sabe hacer muy bien es cumplir sus promesas.
"No ¿Qué cosa?" le preguntó mi hermano.
Un helado escalofrío me recorrió la espalda al saber que mi padre le iba a contar la verdad.
"El lunes te van a hacer un angiografia" declaró don Karev.
Ignacio no se inmuta frente a noticias así. Siempre trato de pillarle algún gesto de impresión o desagrado, pero no lo he logrado. Para él fue como escuchar un sonido. Nada más.
"¿En serio?" preguntó.
"Sí. Por eso te hicieron esos exámenes rutinarios el martes, para tener todo listo para pasado mañana" completó la información papá, a lo que agregó "La pidió la doctora, para por fin comprobar que todo cerró"
Y el silencio inmortalizó el anuncio de la última batalla de esta guerra que llevamos librando durante más de 17 años. Hace dos años y medio habían sometido al segundo de los hermanos a una intervención de alto riesgo, como lo es una exposición a radiación. Hoy, y después de varias batallas que poco a poco se fueron ganando, llegaba la última, esa que nos dejaría saber si la malformación que afecta a mi hermano ya se había fundido.
De golpe momentos que queremos borrar se hicieron tangibles en la realidad presente, quitandonos a veces la fuerza para seguir. Pero se opta por el silencio y la sumición. Y eso nos deja seguir de pies, tomandonos de los brazos para que ninguno de los cinco pueda caer.
Mi madre, alertada por la declaración hecha por su esposo, apareció en escena con el rostro desfigurado. Mi viejo ya había hablado y de arrepentimiento en sus ojos no había vestigio.

"Que te valla bien mañana" le dije la noche del domingo "¿Estás bien?"
Los ojos de Ignacio, como nunca, se cristalizaron. Me miró avergonzado.
"Igual es dificil y a veces baja la pena" declaró.
"Pasará y mañana estarás mejor. Es lo último que te falta para terminar con esto"
"Siempre dicen eso" me dijo Ignacio oculto en la oscuridad de su pieza "Siempre dicen que es lo último"

Me fue inimaginable sentir lo que él estaba sintiendo.



jueves, 14 de julio de 2011

Día 77: De Película

Estaba en la fila de pies, mirando hacia el publico, específicamente la brillante sonrisa de mi madre y sus ojos llorosos. Sonreía levemente, escuchando en la lejanía los apellidos de mis compañeros del octavo A. Al parecer las personas aplaudían, unos más que otros, y luego volvía la calma. Mi vieja me miraba atenta, pero a momentos se giraba a buscar al final del montón de sillas a la misma persona que yo esperaba ver. Era veintitrés de Diciembre y tampoco me había llamado. La fila a veces quedaba sin uno para luego volver a completarse. Las personas aplaudían casi a la fuerza. Yo peinaba con mi joven vista todas las sillas que estaban en el patio del colegio, pero no lo encontraba. En eso una parte de mi mente asimiló que sería imposible que llegara. Era veintitrés de Diciembre; faltaban regalos por comprar, sumado el hecho de que habían sido días ajetreados. Él no iba a llegar, por más que se haya esforzado por correr con un montón de bolsas por el atestado centro de Santiago. Paseo Ahumada tiene que haber sido un total caos. Quizás estaba muy cansado. Tal vez un dolor de cabeza lo atacó camino a casa y decidió no venir.
En esos momentos, cuando ya comenzaban a entregar los diplomas de graduación de los de mi curso, sólo sabía que el llanto no sería motivado por el hecho de partir a la media. Tenía catorce años; a esa edad te importa aún una cierta cantidad de cosas que hoy no valen nada.
Fue cuando mi apellido resonó vibrante en los parlantes del patio. Esbocé más mi fingida sonrisa y alcé la vista, la cual se fue a topar con un hombre espectante al final de las hileras de filas, aropado con una camisa a líneas y un pantalón de tela azul marino, de brazos cruzados, con el mismo brillo que mi madre portaba en sus ojos, escondido detrás del reflejo de sus grandes gafas.
Mi viejo había llegado.
Mientras me tomaban la foto de rigor, lo saludé disimuladamente a la distancia. Él me respondió de la misma forma. Fue como de película.

viernes, 29 de abril de 2011

Día 48: Algún tipo de Milagro

Hay cosas en la vida que no se pueden explicar. A veces, esas cosas se prefieren silenciar.

Hoy es de esos días en que la gente ya no tiene plata. A causa de eso, todo lo que es retail no tiene mucho movimiento en lo que respecta a atención de público. Así que, gracias a que hoy no hubo nada de gente en Tottus, tuve tiempo para pasearme por todos los departamentos del supermercado. Había poco movimiento. Los administradores no estaban. Yo ya había terminado mi pega. Entonces empecé a recorrer el local. Debo ser sincero al decir que su estructura no tiene el misterio de una iglesia italiana o las lujosas paredes de un castillo escoces. Es un cubo, con más cubos adentro. No hay nada de arquitecturas de renombre o hermosas terminaciones. Es un lugar frío, de pinturas grises y blancas, con vigas metálicas que resplandecen el rostro de fantasmas. Es penumbroso. Y hoy estaba silencioso. Retumbante de ecos lejanos, provenientes de quizás donde. No enciendo la luz de la oficina, para que se bañe del sol de ocaso. No hay nadie para conversar. Entonces bajo y cruzo la sala de ventas hasta la trastienda del super. Allá está la oficina de Joselyn, mi ex jefa. En realidad siempre será mi jefa, nunca la podré ver como mi par. Su escritorio está dentro de un cuarto de cuatro por cuatro, compartiendo el espacio con el computador de Alan, un nuevo miembro del círculo de amistades. 
Hoy estaba sola, y con poca pega. Hoy hablamos como no lo hacíamos hace mucho tiempo. Esas conversaciones de invierno. Largas y tajantes.

Es raro de explicar. Es difícil también. Son cosas que te guardas para ti. Pero ha pasado el tiempo y la quiero compartir. Abre la mente, si estás leyendo esto, para poder entender. Era la época en que el corazón me dolía de verdad por amor. Estaba decidido a pedirle el traslado a Joselyn a nuestro homologo en la estación de metro Las Mercedes, porque necesitaba con urgencias olvidar y arrancar. Me había dicho hace una semana que lo pensara y que si quería el traslado, ella me lo daba. Esa noche pedí de rodillas un camino. Pedí la luz. Le pedí a lo que fuera que me escuchase que me salvara de caer a ese vacio. Había apagado el computador y la noche estaba en un total silencio. Y yo de rodillas. 
Cuando me levanté, me juré nunca más verme así.

Al otro día, salí del instituto y me dispuse volver a casa. Desde Providencia hasta Puente Alto... en micro. Pensaba que ganaba tiempo perdiendo la mente en ruidos, imagines, personas y lugares que no conocía. Gastaba dos horas de viaje de regreso a Puente, sólo para no tener a mi cerebro pensando en ella. Tomaba la troncal en Los Leones y ahí iniciaba el viaje. Dirigía su trayecto por todo Macul, y cuando por fin, después de una hora, llegaba a Vespucio Sur, se iba por La Florida hasta el mall Plaza Tobalaba. Ahí me baja y esperaba una alimentadora hasta la casa. Dos horas. Dos largas y extenuantes horas. Era mi remedio para el olvido.
Sin embargo, ese día, y aunque nunca supe explicarlo, había algo extraño en el ambiente. Estoy completamente seguro que algo en el espacio me incomodaba. Algo oscuro estaba queriendo cambiar algo. Y me siguió por todo Macul, mostrandose en el rostro de cada pasajero que subía y bajaba del troncal. Quizás era el montón de transeúntes lo que me molestaba. Así que tomé la decisión de bajarme en Vespucio. No quería ir más arriba de esa micro. Ahí tomaría el metro dirección estación Plaza Puente Alto.
Recuerdo que el vagón iba casi vacío y eso me permitió respirar. Pude encontrar tranquilidad. Me senté en el piso y me puse a escuchar música. Fue en estación Las Mercedes cuando mi celular comenzó a vibrar con ímpetu. Era Joselyn. Bien, bien no me acuerdo qué era lo que quería. Algo de la pega, obviamente.
"Estoy cerca. Pasaré a verte" le dije, viendo el momento una oportunidad para decirle que sí o sí quería el traslado.

"Sufriste harto" recordó, mientras revisaba unas facturas.
"Harto. Inclusive estuve a punto de irme ¿Te acordai?" le pregunté.
"Si po'. Querías el traslado"

Y se lo pedí. Pero ella no me dejó. Me dio un consejo de Aquellos, el cual sólo recuerdo que contenía enseñanzas acerca de la madurez y el crecimiento, y la frase infaltable "No merece lo que estás pasando".
Hablamos quizás dos horas, como hoy, dejandome con energías renovadas. Fue algo que nunca le dejaré de agradecer, porque me sirvió para tomar la decisión de seguir... seguir y no mirar atrás.

¿Dónde está el milagro? Si hubiese seguido en la micro, habría llegado a mi casa antes de que ella me llamara y nunca habría llegado a tener la conversación. Quizás el tiempo le habría dado más fuerzas a una decisión segura con respecto al traslado. Si hubiese tomado el metro desde Providencia hasta Puente, habría ocurrido lo mismo; habría llegado primero a casa. Pero esa tarde, fuese un milagro o sólo una coincidencia, tomé una ruta que Jamás en mi vida había tomado. Si nunca me hubiese bajado de esa micro a tomar el metro, no habría conversado con Joselyn, y me habría ido, y quizás me habría perdido más en ese infierno terrenal.

lunes, 25 de abril de 2011

Día 46: La Relevión de Los Nerds


Creo que todos en algún momento de nuestras vida sufrimos el tan famoso bulling. Ya sea por nuestro desempeño escolar, por alguna condición fisica o simplemente por ser como somos.
Cuando yo tenía cuatro años, al comienzo del despertar de mi consciencia sufría este tipo de ataque por parte de un niño de seis años, al que le decían el Pachagua. No preguntes por qué le decían así a un niño de seis años, de mirada vacía, cara de gorila y un pelo negro chamuscado sobre la mollera. Sólo sé que sus manos regordotas gozaban de encontrarse con mis delicadas mejillas, y con las de muchos otros niños.
Era el Nelson de la población. El temido. Ese que la hacía de malo cuando jugabamos a los policias y los ladrones. Aquel niño que no iba a ningún cumpleaños, porque era un total desagrado.
Quizás por eso era tan ofensivo. Tal vez era el grito de un pequeño demonio queriendo ser aceptado en algún paraiso. Yo creo que su cara de gorilón le jugaba mucho en contra.
Da igual.
La cosa es que un día me encontraba jugando con una amiga y con mi autitos de juguetes en mi jardín, y llegó el Pachagua a la reja de la casa. Mi mami estaba en la patio fumandose un cigarro, y no escuchaba mis gritos de auxilio.
"Dejame entar" me dijo con una voz de un cabro de quince.
"No" le dije a punto de ponerme a llorar.
Le tenía un miedo atróz.
"Quiero jugar con tus autitos"
"Andate" le gritó mi pequeña amiga.
"Sí, andate" me uní yo.
En eso, su mente de ogro, tomó la perilla de la puerta y comenzó a abrirla lentamente.
Es difuso el recuerdo, pero lo único que puedo decir es que me vi tomando una piedra, y después de darme un pequeño impulso se la lancé. Tenía cuatro años. Poseía unos flacuchentos brazos y una punteria despreciable. Sin embargo, la pesada roca atravesó los delgados barrotes de la reja y le rompió un ojo y la nariz.
El Pachagua no lloró. No conocía el dolor. Sólo sintió la sangre escurrir por su rostro, mientra nos miraba con su particular mirada perdida. Luego dio la media vuelta y se marchó.
"Karev" me dijo atonita mi amiga "Le dijiste güeón"
Decir garabatos en esa época era un pecado capital.

sábado, 26 de febrero de 2011

Dia 23: Cuando Todo iba Bien

Todo iba bien. Raramente bien. Había equilibrio. Y de tanta luz, me había olvidado de la existencia de la oscuridad. Sonreía porque sí y por muchas otras cosas más. Llegaba del centro. La noche era calidad. Eran los últimos días cálidos. El envenenamiento con la cerveza me hacia recordar a Yessenia.
Al otro día había que trabajar. Nadie desconfiaba de nadie. La vida era tranquila. Hace un año estaba dormido. Tranquilo. Feliz.

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03:34:00...

viernes, 18 de febrero de 2011

Día 19: Previo Aviso

La cocina era ese acogedor cuarto rustico, bañada por muy poca luz, con muebles viejos y amarillentos envolviéndola, y absorbida por ese olor a caldo de vacuno. Habíamos ido a visitar a la madrina de la mamá de Jack los días que estuvimos en Tomé. A modo de información, Tomé es una comuna que está al norte de Concepción, la cual inevitablemente fue azotada por el terremoto del pasado 27 de Febrero. Para ser más exactos, la pequeña comuna se encuentra a 52 kilómetros de Cobquecura, pueblo en donde fue el epicentro de la devastadora catástrofe. Nosotros nos encontramos a 346 kilómetros del lugar del evento. Así que, con tan sólo saber cuál es la distancia de cercanía, se electrifica la piel estando en aquel lugar. Más aún al ver esos angustiantes silencios en la boca de los pobladores al hablar del momento y lo que sintieron. 

El 2009, después de volver de Los Vilos, en la semana del veinte de Febrero, me fui a quedar donde Jack porque su familia estaba de vacaciones... en el sur si no mal recuerdo. Era día sábado y estabamos preparandonos psicologicamente para levantarnos y hacer algo de desayuno. Cuando de repente se escuchó un ruido subterraneo. Era como el paso de un tren bajo tierra, pero por las cavernas de El Bosque no pasa ni el metro.
"Va a temblar" dijo Jack, poniendo atención al ruido, el cual se convirtió en un movimiento telurico.
Nos quedamos quietos. Quizá fue un grado 4, porque se diluyó rápidamente por el aire y en la memoria de ambos también.
Ahora, recordando, lo vemos como un previo aviso. La tierra un año antes ya avisaba lo que iba a suceder. Tal vez mera coincidencia.

El viernes, a casi un año del 8,8, Concepción se vio amenazado por otro temblor de una intensidad de 6,9. Cuando pasamos por Pichidangui con mis viejos y mis hermanos, creí escuchar a una flaite decir algo de un terremoto. Pero fue un rumor lejano. Al llegar a Los Vilos, Jack me llamó, abreviando lo más posible todas las oraciones de la información que me quería dar.
"Hubo un temblor fuerte en Conce. Llamé a mi tía y me dice que están bien. Están en los cerros. Llama a Elizabeth y me llamai de vuelta" me dijo.
Le contesté puros "ya ya" y colgamos.
La Negra estaba bien. Me dijo que fue aterrador vivir un temblor de tal magnitud. Mas encima estaba en el Homecenter trabajando y algunos de los productos en las estanterías cayeron al piso. Fue revivir una vez más lo que pasó esa noche.

Ojalá no sea otro previo aviso.